
El hecho de que la ministra de Minas haya controlado esta semana sus declaraciones sobre el sector petrolero —tan autodestructivas para su propio gobierno— ha traído mayor tranquilidad al panorama económico inmediato del país. Por otro lado, el acuerdo político sellado entre Gobierno y Congreso despeja la aprobación de la reforma tributaria, lo cual significa que el Estado no será mal pagador y sirve de bálsamo a la ansiedad de los mercados y la presión sobre el peso.
Ahora todos los ojos estarán puestos en las decisiones de alzas de las tasas de interés que empiece a tomar a partir de mañana el Banco de la República. Nadie pone en duda el hecho de que el emisor no puede sustraerse del alza global de las tasas dictada por la Fed. Pero la controversia sí debe girar en torno al nivel de las alzas, dado que una subida muy agresiva de la tasa rectora puede tener un efecto peligrosamente recesivo. Al secar demasiado la liquidez de la economía, sectores intensivos de capital como la industria, la vivienda, la obra pública y el agro pueden sufrir serios reveses, provocando una recesión y su estela de hogares quebrados, empobrecimiento y mayor informalidad.
Poner los ojos sobre la Junta es hacerlo sobre Alberto Carrasquilla, decano del bloque mayoritario que nos dejó el gobierno Duque. Carrasquilla es un hombre inteligente y con una habilidad que a lo largo de su carrera le ha permitido convertirse en un connotado político de ideas conservadoras. Su monetarismo me recuerda a Domingo Cavallo, el exministro de Hacienda argentino que en nombre de la lucha contra la inflación terminó provocando en 2001 una de las crisis económicas más dolorosas que ha padecido ese país y a la postre la caída del presidente De la Rúa. Carrasquilla en su ideología cree firmemente en posturas que para sus adeptos constituyen verdaderas leyes metafísicas: “Bajar impuestos a los más ricos es bueno para los pobres”; “subir el salario mínimo destruye el empleo”; “para bajar la inflación hay que subir agresivamente las tasas de interés, al precio que sea”. Leyes imaginarias, por no decir imposturas, presentadas como certezas científicas bajo la falacia de que “no existe alternativa distinta” ni grados o matices.
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