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Daniel Schwartz
Puntos de vista

Perder es ganar un poco

El sábado pasado, en la entrada del karaoke de la 45, mientras contemplábamos un pequeño basurero rodeado por rejas, un amigo me dijo que en Bogotá nadie gana. Él es de Antioquia, donde los ganadores sí existen, y donde el hombre, en virtud del sacrificio, sortea con éxito las dificultades y se abre paso por entre el monte imponiendo su voluntad. O por lo menos así se narran, así los narramos. En Bogotá somos distintos. Aquí nadie se comporta con suficiente valor –o lo que se cree que es el valor– más allá de cruzar un semáforo en rojo. Aquí, en la supuesta ciudad de las oportunidades, muy pocos tienen alma de ganadores. Ni siquiera los ricos, que viven mal y sufren desplazándose por la ciudad, a pesar de sus riquezas. Bogotá y Nueva York se parecen: las dos, guardando las proporciones, son ciudades que reciben a quienes buscan cumplir sus sueños o vivir una vida mejor. Nueva York ofrece la posibilidad de triunfar, pero Bogotá ofrece la de fracasar, la de perder la carrera del éxito. Bogotá nos promete la versión poco agraciada de todas las cosas, y ese es uno de sus encantos.

Ese día estábamos despidiendo a una buena amiga que, como muchos bogotanos desencantados, se va a Europa a buscar algo que quizá tampoco encontrará (espero que lo encuentre, porque lo merece). Fuimos a un bar de karaoke, un lugar en el que nadie triunfa, como Bogotá. Me gusta del karaoke que los ciudadanos derrotados, sin darnos cuenta, encontramos un alivio: allí dentro, todos perdemos porque no entramos al karaoke para competir y ganar. Es el lado lindo de la derrota, la ridiculez, el absurdo de sabernos mediocres y malos cantantes, y celebrarlo. El karaoke es el opuesto de los casinos, pues nadie entra con la intención de salir con más de lo que entró: más bien, se trata de salir con menos de lo que se entró, de hacer una catarsis ahí dentro e irse a dormir sin el peso de la vergüenza. Quizá es por eso que, en el karaoke, aquellos que sí saben cantar, acostumbrados a recibir aplausos, se aburren al ver que su talento se celebra tanto como la tontería de los malos cantantes.

El karaoke al que fuimos es un “roto” donde se expone a la clientela la escueta historia del rock capitalino. Es un lugar pensado para los metaleros y los roqueros de antaño, pero ninguno de ellos está entre la clientela. Las paredes del lugar están atiborradas de instrumentos musicales, discos y acetatos, y una colección de fotografías enmarcadas de personajes icónicos –tan icónicos como poco conocidos– de la cultura roquera bogotana. Un letrero cerca de la entrada nos pide el encarecido favor de cuidar la exposición. Más que un museo del rock, el lugar recuerda un gabinete renacentista de curiosidades donde la disposición de los objetos no parece obedecer a una meditada curaduría.

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