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Daniel Schwartz
Puntos de vista

Breve tratado sobre la ñunfla

La semana pasada tuve el privilegio de entrevistar a Pablo Guayasamín, hijo del artista quiteño Oswaldo Guayasamín. Hablamos sobre La Capilla del Hombre, el gran legado de su padre, un santuario dedicado a la grandeza del ser humano. Pablo, un hombre mayor, describió paso a paso las obras de su padre que revisten La Capilla. En uno de los murales aparece el maíz, la mazorca, que evoca la fuerza de la familia, pero también su fragilidad: se desmorona y pierde su unicidad cuando se le arranca un grano, y ese grano es el hijo perdido, la tragedia del familiar desaparecido.

Por cosas del destino, después de la entrevista comimos mazorca. De regreso a casa traté infructuosamente de sacarme con las uñas y con mi lengua, convertida en un arma filosa, las ñunflas de maíz que quedaron en mi boca después del festín. La ñunfla, en el argot popular, es el pedacito de comida que queda entre los dientes; puede ser visible ante la gente cuando se sonríe, pero la ñunfla de la mazorca, y la de su derivado pop, la crispeta, es imperceptible para el ojo ajeno. También es la ñunfla más engorrosa: suele ser pequeña, se aloja con fuerza entre los dientes y solo se puede extirpar con la ayuda de algún artefacto.

Llevo varios días pensando en la ñunfla. No hay consenso entre los diccionarios de americanismos sobre el origen de la palabra o su significado. A veces se escribe “ñufla”, como en Chile, donde quiere decir “persona ordinaria”, otras veces se refiere a la mismísima ñunfla a la que yo hago referencia acá, pero se escribe “ñufla”. Sea como sea, me inclino por la ñunfla, tal como aprendí a utilizar la palabra en mis años del colegio. La ñunfla puede ser el resultado de una buena comilona —entre más se mastica, más ñunfla queda—, pero también es la escoria, un residuo mal visto que debe eliminarse. No solo es mal vista, sacársela en público también lo es; comérsela después de sacársela, aún peor. La ñunfla está en el peldaño más bajo de la cultura alimenticia.

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