
Muchas películas de los noventa quisieron representar el valor de la autodestrucción, el poder de una juventud desvariada y errática que busca encontrar un futuro distinto al que le ofrece el mundo de los adultos. Gummo, de Harmony Korine, ocurre en un pueblo pobre de Ohio recién asolado por un huracán, donde un grupo de jóvenes aburridos se distraen con pasatiempos extraños, crueles y destructivos. Kids y Trainspotting, por su parte, muestran la necesidad juvenil de romper la ley que impusieron los adultos. Rodrigo D: No futuro y La vendedora de rosas son una denuncia a la pobreza de las comunas de Medellín, y son también películas sobre la juventud, el miedo a lo que vendrá y la autodestrucción de quienes entienden que el mañana no importa. Esa generación de jóvenes vivía en éxtasis, le atraía la idea de la muerte temprana y muchos tuvieron como referente a los actores y modelos del Heroin Chic, reconocidos por la palidez, las ojeras y una delgadez extrema a causa del abuso de la heroína.
Hoy los tiempos son distintos. Ya no reaccionamos al futuro incierto con la misma desolación que nuestros predecesores; ahora nos quejamos, marchamos, repetimos consignas que, de tanto repetirlas, creemos que se harán ciertas o que alguien en algún momento las escuchará. Creemos que entre más simplificamos nuestro mensaje, más contundente y verdadero será.
Creemos, además, que podemos borrar todo aquello que consideramos falso o equivocado. Imponemos nuestras propias certezas. Creemos que todo cabe en una ideología, en una doctrina, en una frase, y así le estamos cerrando la puerta a la duda. Nuestra generación no parece dispuesta a debatir sus afirmaciones y por eso se llama a sí misma “woke” (despierta), como si hubiera descifrado, de un día para otro, los hilos invisibles que mueven al mundo.
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