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Daniel Schwartz
Puntos de vista

Mi pacto histórico

Bogotá es una ciudad en construcción. Cada día aparece una nueva obra pública, la del primer carril del improbable metro, el arreglo de una vía o la demolición de alguna casa familiar para construir un edificio que será igual a todos los demás. Es por eso una ciudad de polisombras, de manteles verdes y negros que esconden las transformaciones y el arduo trabajo de los obreros de la construcción.

Hace un par de días vi cómo retiraban las polisombras de un edificio recién terminado y de manera inconsciente pensé en mi circuncisión. Recordé esa clase de educación sexual que nos dio la psicóloga del colegio, de apellido Castro –qué ironía–, en la que me usó de ejemplo, frente a todo el salón, para explicar que a los judíos les quitaban el prepucio. Todos mis compañeros se rieron, y la doctora Castro, para resarcirse, mencionó la ya anticuada teoría de que los penes sin prepucio eran más higiénicos. Ese día, y las semanas siguientes, sentí como si me hubieran vuelto a circuncidar.

Seguí con mi vida y comencé a ver referencias al prepucio en todas partes: una señora quitándose del cuello una bufanda, un niño desenvolviendo un bombombun, en el hombre calvo con saco cuello tortuga del TransMilenio, en la niña que pela un banano… A donde volteara a mirar aparecía frente a mí, una y otra vez, esa cicatriz primigenia.

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