
La población mundial cuenta hoy con 8 billones de habitantes y en 2050 llegaremos a los 10 billones. Hoy cerca de 3,6 billones de habitantes hacen parte de la llamada clase media, y se estima que en 2030 esa categoría socioeconómica de la población alcanzará a los 5 billones de personas. De acuerdo con proyecciones de Naciones Unidas, la mayoría de esa franja de la población en términos absolutos va a estar situada en África, América Latina y en particular en Asía, un contraste significativo con lo que ocurría a principios de este siglo, cuando Europa y Estados Unidos concentraban a la mayoría de la clase media global.
Estos cambios socioeconómicos producen transformaciones muy profundas en los patrones de consumo de la gente, causando un alza de la demanda de alimentos y una mayor exigencia en la calidad de los productos ofrecidos. El caso de la República Popular de China es patente: desde su ingreso a la OMC en 2001, su dependencia alimentaria se ha venido agravando ostensiblemente. El crecimiento de su clase media ponderado con el tamaño de su población – 20 por ciento de los habitantes del mundo– ha venido ejerciendo una gran presión sobre el suministro global de productos agrícolas y alimentarios, dada su dependencia hacia las importaciones de soja, carne bovina y productos lácteos y de manera creciente hacia las importaciones de cereales.
Según datos del informe Déméter 2019, la carencia de tierras arables -China solo cuenta con el 8 por ciento de la tierra cultivable del mundo- y la degradación de su superficie cultivable, así como las presiones hídricas, ha obligado a esa nación a volcarse hacia las importaciones masivas de alimentos. En esa estrategia, su prioridad ha sido la de garantizar el suministro de alimentos mediante acuerdos comerciales a largo plazo y acelerar la adquisición de tierras en el exterior. De igual modo, los actores tradicionales en el comercio de alimentos, hasta hace poco empresas europeas, norteamericanas y japonesas, han presenciado el surgimiento de traders de commodities chinos y brasileños, los cuales han crecido exponencialmente gracias al comercio alimentario con China.
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