
La compra de aviones de combate: unos ven oportunidades y otros solo avionadas
Me ha sorprendido bastante la inmadurez con la que se ha tratado el asunto de la adquisición de los aviones caza para reemplazar a los vetustos Kfir, los últimos ejemplares de ese avión en el mundo aún operados por fuerza aérea alguna del planeta. En lugar de entrar a debatir sobre las capacidades de los tres modelos de avión en contienda, la discusión se ha centrado en frivolidades, suspicacias y pequeñas avionadas políticas.
El asunto de fondo naturalmente es que un país de 1,1 millones de kilómetros cuadrados de territorio, con un mar territorial de casi otro millón de kilómetros, no puede prescindir de una fuerza aérea dotada de aviones de combate, a menos que renuncie a la idea de ejercer su soberanía. Sería bueno recordarles a algunos analistas bogotanos que Colombia no empieza en Soacha y tampoco termina en Ubaté y que, por nuestro peso demográfico, nuestra posición geográfica y gracias al profesionalismo de nuestras Fuerzas Armadas, estamos llamados y tenemos el deber de cumplir un rol natural de potencia regional.
Otro aspecto que no se ha tratado en medio de tanta ceguera, es el de la transferencia tecnológica que acompaña la compra de armamento nuevo de punta. En Colombia estamos acostumbrados a comprar armamento usado, es decir, chatarra militar, lo cual es un gran negocio para los intermediarios y los dueños del negocio del costoso mantenimiento de material vetusto, pero un pésimo negocio para el país que se priva así de recibir conocimiento y capacidades industriales (offset).
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