
Este ha sido el Mundial de la incertidumbre, el de enfrentarnos a nuestras contradicciones para intentar, a pesar de todo lo que ocurre alrededor del césped, disfrutar el juego del balón. No solo hemos sido contradictorios cuando vemos los partidos de fútbol transmitidos desde estadios que son el cementerio de miles de trabajadores migrantes cuyas familias, en su mayoría, aún no han recibido los restos de su ser querido. Nuestra contradicción ha consistido en pensar que nos importan todas estas vidas ajenas, o que nos importan más que ver un buen encuentro. Hablo, por supuesto, de nosotros, a los que nos gusta el fútbol, porque rehusarse a ver el Mundial por cuestiones políticas es algo que solo puede hacer una persona a la que simplemente no le interesa este deporte.
Todo ha sido un mar de contradicciones. Es inexcusable la explotación a los trabajadores migrantes que construyeron la infraestructura para el Mundial de la Fifa, pero me causa gracia que el biempensantismo occidental volteó a mirar esta tragedia –y con ‘mirar’ me refiero a postear una carita triste o retuitear alguna noticia– tan solo un mes antes de que comenzara el torneo, a pesar de que esto viene ocurriendo desde hace casi diez años. Todavía más contradictorios son quienes viajaron a Catar y denuncian que no los dejaron entrar la bandera de su lucha al estadio. Por supuesto que no estoy de acuerdo con que se prohíba la diferencia y la libertad que en otros lugares ha costado tanto conseguir, pero ir a Catar, disfrutar de los estadios/cementerios, y luego quejarse porque no te permiten hacer algo que sabías que no podías hacer, habla más del afán por ser el centro del escándalo que del conservadurismo de este país. También están los defensores de derechos humanos con restricciones y a conveniencia, quienes, de viaje por Catar, un país que no respeta los derechos humanos, boicotean a la prensa israelí porque en ese país tampoco se respetan los derechos humanos. Parece una sucesión de acciones simples, alentadas más por el afán individual de no parecer una mala persona, o de ser el portavoz de los oprimidos del mundo, que por un verdadero interés en quienes la pasan mal.
De todas formas, celebro que esto pase. Es bueno darse cuenta, o recordar, porque muchas veces lo olvidamos, que no todo el mundo piensa igual que uno. De eso se trata, también, un evento mundial. Muchos dicen, con un dejo de islamofobia y de desprecio hacia los nuevos ricos, que Catar nunca debió ser la sede de un Mundial de fútbol. Que no se llame “Mundial”, entonces, sino “Occidental de fútbol”. Está bien que haya cosas que no nos gusten, y no deberíamos nunca dejar de denunciar la muerte de tantos trabajadores ni dejar de alzar la voz cuando un trato nos parezca injusto. Pero decir que no se puede celebrar un Mundial en un país que viola los derechos humanos, sería condenarnos a no hacer nunca más un Mundial de fútbol. Aceptar las contradicciones, y entender que no siempre una cosa quita la otra, es parte de vivir en la incertidumbre, en la contradicción, que es a su vez estar vivos. Escuché a alguien decir, también sobre el Mundial de Catar, que se necesita un mínimo vital de hipocresía para ser feliz.
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