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Daniel Schwartz
Puntos de vista

Nobleza y vulgaridad

Los deportes, entendidos como competiciones relativamente no violentas que utilizan la fuerza corporal o ciertas habilidades no militares, existen hace miles de años, pero se reconocen como deportes apenas en los albores de la modernidad. Norbert Elías nos revela este hallazgo en su libro Deporte y ocio en el proceso de civilización, donde indaga sobre el contexto social que permitió que la gente utilizara buena parte de su tiempo libre para observar o practicar deportes. Según él, a partir del siglo XVII, cuando la reglamentación de la conducta y de los sentimientos se hizo más estricta y diferenciada, pero también mucho más equilibrada y con castigos menos severos, los nacientes Estados modernos pudieron monopolizar la violencia, y en el proceso, aparecieron nuevas maneras de ejercer cierta violencia, pues esta es imposible de erradicar. Una de estas nuevas formas de violencia son los deportes, expresiones máximas del “civismo” moderno, que significaron un cambio radical en los códigos sentimentales y de conducta.

En el siglo XVIII aparecen en Inglaterra las primeras formas del juego de la pelota, el fútbol, y otras tantas competiciones deportivas. Esto sucedió, cuenta Elías, porque la sociedad inglesa pudo al fin apaciguar la violencia luego de muchísimos años de conflicto. Inglaterra logró terminar las guerras religiosas y las luchas de interés entre los grandes grupos de poder del momento. El sistema parlamentario, aun deficiente, sirvió como escenario para que las dos partes en disputa –los Whigs y los Tories– pudieran resolver sus diferencias de manera no violenta y a partir de nuevas reglas establecidas.

Existe entonces una estrecha relación entre el régimen parlamentario y los deportes. A lo largo del siglo XVIII, actividades recreativas como el boxeo, la caza, las carreras y algunos juegos de pelota fueron llamados “deportes” por primera vez. También en este siglo las antiguas asambleas nacionales, Cámara de los Lores y Cámara de los Comunes, sustituyeron el campo de batalla como lugar para dirimir los conflictos. Elías concluye que el deporte, como lo entendemos hoy, es consecuencia del apaciguamiento de la violencia política.

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