
Cada diciembre, cuando la Alcaldía de Bogotá cuelga el alumbrado navideño, las familias bogotanas se toman el centro de la ciudad. Entre la Plaza de Bolívar y el Parque Nacional se aglomera una muchedumbre de padres con sus hijos, mascotas y abuelos, a veces grandes familias que interrumpen el camino mirando algún show callejero o comprando una tajada de pizza en los puestos de fritanga y comida rápida que se toman en esta época la carrera Séptima. Estos ríos de gente amenazan mi tranquilidad de habitante del Centro, y no puedo evitar cierto sentimiento incómodo de desprecio por esta invasión desbordada que, por suerte, suele desaparecer casi al instante.
Tener pensamientos intrusivos es recordar que no somos humanos completos o perfectos. A veces pienso algo que sé que está mal y me respondo a mí mismo con un “por supuesto que no”. Otras veces sucede al contrario: pienso una frase incontrovertible sobre la importancia de cierto derecho humano y, de manera intempestiva, mi mente trae a la discusión la versión perversa de esa misma frase. El comediante Louis C.K. lo llama “Off course, but maybe” (Por supuesto, pero quizás), y pone el ejemplo de la alergia a las nueces: “Por supuesto que deberíamos cuidar a la gente que es alérgica a las nueces, pero, si una nuez puede matarte, quizás no deberías estar vivo”, dice el comediante.
La entrada al edificio donde vivo está tomada por el tumulto decembrino que come pizza y empanadas en las escalinatas. Son hordas de familias y parejas que peregrinan sin un destino claro, a paso lento, admirando el alumbrado que imita el invierno del Norte, con renos y duendes del bosque, en medio del olor a aguardiente con panela, de la gente-estatua que permanece inmóvil durante horas a cambio de una moneda, de ventas de cables y herramientas viejas, de barbies sin una pierna expuestas sobre telas en el andén, de hamsters entrenados para hacer trucos sencillos, de gorros navideños, de puestos de algodón de azúcar, de pelotas incandescentes, de mazorcas y pinchos. Es la patente expresión de la recursividad criolla, del rebusque, del ‘emprendimiento’ popular que en diciembre se convierte en una oportunidad para burlar la adversidad.
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