No le va a alcanzar la efectivísima oficina de propaganda que tiene a su disposición para lavar la imagen que se ha forjado en apenas diez días, además, porque al otro lado del mundo hay una oficina de propaganda igual de efectiva. Todo hay que decirlo.
No le van a alcanzar los tacones que ha usado para verse más alto porque ha dejado grabada su pequeñez con letras de sangre escarlata, invisiblemente tatuada no en su firme pecho –que también ha lucido– sino en su amplia frente de mentiroso.
No habrá epíteto suficiente para espetarle. No existirá palabra que resuma el odio despertado. No habrá calificativo para agregarle a su particular apellido. No será posible expresarle, al menos no de forma castiza, el dolor causado por cuenta de su calculada paranoia, de su infinita megalomanía, de su fingida locura. No le funcionará seguir insistiendo en que lo suyo era una guerra preventiva.
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