
Si leo alguna nota sobre el lanzamiento de la Biblioteca de Escritoras Colombianas, hablo con Pilar sobre nuestro evento de presentación en Quibdó, o simplemente recuerdo que en esa lista figuran dos autoras chocoanas que admiro profundamente, vuelvo a ser la niña de nueve años que canta alegre “Ábreme la puerta, Teresa. Ábreme que aquí vengo yo”. Una canción de Petronio Álvarez interpretada por Alexis Lozano, en un tributo al maestro del currulao por allá en 1990, que me sirve para recordar que las escritoras de hoy entramos por las puertas que antes abrieron otras.
Es que ver a Teresa Martínez de Varela y a Amalialú Posso Figueroa entre esa colección sin precedentes, me hace respirar profundo y sentir que nuestras letras y nuestras historias, las de las mujeres chocoanas, las de negras, también tienen un lugar en el esquivo mundo editorial. Ellas, no solo estando ahí sino arrojándose a escribir en otros tiempos, como Teresa, o sobre otras historias, como Amalia, irrumpen en un espacio negado y dejan la puerta abierta para que lleguemos nosotras. Lo hacen simbólicamente y también de forma concreta; por ejemplo, convirtiéndonos a Yijhán Rentería Salazar y a mí, que aspiramos a ser grandes autoras chocoanas, en las prologuistas de Mi Cristo negro y de Mido mi cuarta y me paro en ella.
Se lee en la presentación de la ministra de Cultura que la Biblioteca de Escritoras Colombianas está conformada por dieciocho títulos de las autoras más relevantes del país, desde las que vivieron la época colonial hasta las nacidas en la primera mitad del siglo XX, y busca rescatar y promover el trabajo de nuestras escritoras, en respuesta a las necesidades identificadas en un estudio que incluyó el diálogo con un comité de especialistas conformado por escritoras, editoras, académicas, libreras y gestoras de lectura.
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