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Daniel Schwartz
Puntos de vista

El hijo bobo

Hace un par de años, luego de una reunión familiar, mi madre regresó conmovida a casa. Me contó que una de sus primas sacó de la billetera una fotografía de Álvaro Uribe, como si fuera la estampita de un santo milagroso: “Es que véanlo, tan bueno”, dijo, con los ojos iluminados mi tía lejana. Ese día comprendí lo que mi psicoanalista de la adolescencia considera el gran problema de este país: que Colombia es un país sin padre y por eso se delega esa figura en los políticos. Como muchos otros, esa prima de mi madre, que perdió a su papá cuando era niña, encontró en Álvaro Uribe al padre que nunca tuvo.

Álvaro Uribe es el hombre en quien Colombia ha depositado su crianza. En una entrevista de 2019, la escritora Carolina Sanín advirtió que el fenómeno Uribe debe entenderse desde la psicología de masas, y que él no solo representa al patriarca, sino al patriarca maltratador. Aquel que enseña a los golpes, a la fuerza, para que sus hijos cojan temple y sean verracos. La mano firme que nalguea a sus hijos y señala el vaso de jugo lleno de vomito, que debe ingerirse so pena de una reprimenda.

Pero también es un padre de corazón grande, lo que justifica su mano golpeadora. Y es también el padre que nos ama y nos va a proteger de quien quiera hacernos daño: del terrorista –calificativo que en la década de los 2000 reemplazó al comunista y al insurgente, y que además permite desdibujar al enemigo al punto de no saber quién es–, que es el gran monstruo detrás del armario de los colombianos. Sin importar cómo, con alianzas oscuras o con triunfos militares sospechosos, Uribe fue el salvador que vino a quitarnos el miedo, el regazo sobre el cual poder recostarnos y recibir palmaditas en la espalda.

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