
Siento que voy perdiendo la memoria, especialmente la inmediata. A veces estoy hablando de cualquier cosa y después de alguna leve interrupción, olvido lo que acabo de conversar. Leí que —técnicamente— se llama amnesia anterógrada. En todo caso, aunque soy muy bueno para hacer autodiagnósticos, la mayoría de las veces fallo.
Debo sentarme con juicio para recordar —de forma exacta— qué fue lo que dije y qué me estaban diciendo. No es grave el asunto, tranquilos, prometo contarles si se complica el tema. Y, obviamente, si me acuerdo.
En cambio, para situaciones de hace muchos años, mi mente se convierte en un verdadero prodigio. No olvidaré la mañana de un lunes, porque la recuerdo perfectamente, lunes de octubre de 1987, cuando presenté ante todo el curso un trabajo de Expresión Gráfica I, en el José Alejandro Novoa de la Javeriana, un sótano sobre toda la carrera Séptima donde también recibía clases de Mecanografía y cuando terminábamos entraban los de Arquitectura, con sus espectaculares maquetas en balso, luciendo sus caritas de dueños del mundo y mirando por encima del hombro a los de Comunicación Social, que salíamos de aprender a escribir a máquina. No éramos nada.
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