
La guerra que comenzó a librarse en Ucrania ya no es solo la de los disparos y los bombardeos. También se libra la guerra de las sanciones y bloqueos, con un ingrediente cultural que nos recuerda la Guerra Fría. Vemos en las redes sociales el inicio de una guerra económica que, como muchas veces en la historia, es también una guerra cultural por enaltecer lo propio en detrimento de lo ajeno.
Al mismo tiempo en que bancos, servicios de streaming, redes sociales y todo tipo de empresas anunciaron el cese de operaciones en Rusia, ocurrieron las primeras represalias contra los rusos en el exterior, muy a tono con la llamada “cultura de la cancelación”, neologismo utilizado para referirse al fenómeno, cada vez más extendido, de retirar cualquier tipo de apoyo o consumo a una empresa, movimiento o individuo que hizo o dijo algo que se considera inaceptable. En redes sociales vimos noticias sobre individuos rusos retirados de sus cargos por el simple hecho de ser rusos.
Pero de todos estos casos, resaltan aquellos de artistas, deportistas, compañías artísticas y delegaciones de deportistas que fueron públicamente “canceladas”: los atletas rusos fueron excluidos de los Juegos Paralímpicos de Invierno y el partido de fútbol entre Polonia y Rusia fue suspendido; el director de la Filarmónica de Munich, Valery Gerviev, luego de que el alcalde de esa ciudad le exigiera que condenara públicamente la invasión, fue despedido por guardar silencio y haber sido cercano al presidente Vladimir Putin; La Royal Opera House de Londres canceló las actuaciones del Ballet Bolshoi, una de las compañías de ballet clásico de más renombre; los organizadores del show musical Eurovisión decidieron sacar de la competencia a todos los participantes de la Federación Rusa; la Filmoteca de Andalucía, “debido a la delicada situación mundial”, consideró oportuno suspender la proyección de la película Solaris, de Tarkovski, director de cine que murió hace más de 30 años.
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