
La negociación del acuerdo de paz y el plebiscito de 2016 reforzaron en la opinión pública una división conceptual confusa y frágil y que hoy es inútil entre izquierda y derecha. Los del SÍ portaban la etiqueta de ser supuestamente de izquierda y lo de ser de derecha les correspondía a los del NO. Después apareció el fenómeno Fajardo y otros políticos que nunca acompañaron formalmente al uribismo ni al petrismo, y entendimos que estos eran “el centro”.
Va siendo hora de cuestionar el orden de ese mapa y darles a algunos el lugar que corresponde. Por un lado, hay partidos (Liberal, Cambio Radical, La U) que no tienen ninguna brújula ideológica y, salvo excepciones, se dedicaron solo a olfatear la despensa de cargos para caer parados con el poder, construyendo en sus bancadas un sancocho caótico de ideas y proyectos de ley. ¿Cambio Radical es un partido conservador, socialdemócrata, liberal? Es todo y es nada.
Por otro lado, hay varios políticos importantes que se pusieron de sombrero alguna escuela o categoría, pero en la práctica, su discurso es el secuestro de unas ideas en las que no creen. Entre la voracidad clientelista y el oportunismo retórico les compramos demasiado fácil a los partidos la bandera o color que se les vaya ocurriendo, y nos ha faltado carácter y rigor para pararnos en la raya y poner a cada loro en su estaca. Voy con varios ejemplos.
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