
Aún falta que corra mucha agua debajo del puente, pero no se puede eludir que la elección presidencial ha entrado en la etapa de las definiciones. En la medida en que las encuestas marcan tendencias es ineludible que los colombianos se pregunten sobre las consecuencias de los diferentes escenarios que se vislumbran. No hay sobremesa en la que no se especule sobre qué pasará con el país si gana fulano o si pierde mengano.
Obvio, nadie puede desconocer que la persona que finalmente sea elegida hará una importante diferencia en el rumbo de la nación. Sin embargo, esa no es la única variable que determinará el curso del país en los próximos cuatro años. La fuerza del mandato recibido en las urnas; el mapa parlamentario que surgió en marzo; la relación entre los partidos; y la forma en que el presidente electo oriente la construcción de su gobierno, son todos factores que incidirán decisivamente en nuestro futuro inmediato.
La primera consideración que emerge de los análisis de las encuestas es que no se va a dar una diferencia significativa entre los candidatos en segunda vuelta. Esa situación va a facilitar que se cuestionen los resultados electorales, terreno que ya está abonado por el desastre que es hoy la Registraduría. Para que el presidente electo pueda garantizar la gobernabilidad se requiere asegurar la legitimidad de su victoria. Es indispensable, entonces, que el mandato recibido en las urnas sea acatado por todos sus contrincantes.
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