
Entiendo a Daniel Quintero. Yo también he hecho chistes malos que se me vuelven un problema. Nunca he perdido un trabajo por eso, pero decir algo inapropiado en un momento inapropiado (quizá el mejor escenario para la comedia), y que eso me cueste todo tipo de críticas y calificativos, es también un rasgo de mi personalidad.
Colombia es un país que ríe a carcajadas y que al mismo tiempo no sabe de qué se ríe. Nuestra comedia es la del chiste, el chascarrillo, el humor de doble sentido; muchas veces no entendemos por qué nos reímos, pero nos reímos a carcajadas por lo que sea. Al mismo tiempo, despreciamos el humor, difícilmente identificamos un chiste malo y nos cuesta entender que un chiste es solamente un chiste. O nos reímos de forma exagerada de cualquier idiotez, o esa idiotez es justificación suficiente para destituir a un alcalde y crear escándalos donde no los hay. Porque si hubiera sido otro alcalde quien hace el chiste que hizo Quintero, si con la bromita esa persona hubiera revelado su afinidad con el candidato opuesto, también se habría formado el gran escándalo, también se habría interpretado como una provocación reprochable.
Lo que quiero explicar es que la destitución de Daniel Quintero como alcalde de Medellín no tiene razón de ser si se le mira desde la perspectiva del humor. La Procuraduría, esa inútil institución que cuesta billones mantener y cuyas labores pueden ser fácilmente reemplazadas por otras entidades, actuó de forma exagerada y con claros motivos políticos. Como muchos ya han señalado, parece que los sesgos políticos –y los favores– de la procuradora Cabello son el aliciente para destituir a una figura pública que, con pretendido ingenio, reveló su apoyo a la candidatura de Gustavo Petro. Y aunque Andrés Fabián Hurtado también fue suspendido como alcalde de Ibagué por apoyar a Fico Gutiérrez, el candidato del Gobierno, llama la atención que la vehemencia de los órganos de control no fue igual con Iván Duque, quien ya en varias ocasiones ha manifestado su apoyo a Fico. Más grave aún es que no haya habido siquiera un llamado de atención a las declaraciones públicas del general Eduardo Zapateiro, que, como funcionario de las Fuerzas Militares, le declaró la guerra al candidato que posiblemente ganará la Presidencia.
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