
¿Cómo será sentarse en una silla al final del día, recostar la cabeza, cerrar los ojos y pensar en lo hecho y en lo no hecho, en medio del frío silencio que suele rodear la noche en la Casa de Nariño?
Saber que quedan menos de dos semanas de aquellas más de 200 en las que bastaba con levantar el teléfono para dar una orden, recibir una respuesta, hacer una pregunta, hablar con el que fuera, a cualquier minuto de cualquier hora. Pronto no será así.
Tomar una decisión con la certeza de afectar —para bien o para mal— el futuro de millones; al mismo tiempo, luchar contra las propias debilidades, verse superado algunas veces, o muchas, quién sabe; tener claro ya quién fue el sincero, quién el amigo, quién el leal. Quién la víbora, quién el tartufo, quién el traidor.
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