
El río Quito se ve desde el aire lanceado por la draga. Despojado de los bordes que ya no existen para marcar el límite entre el cuerpo de la selva y el cuerpo del agua, invadido ahora por mercurio; agua y subsuelo desmembrados, convertidos en lodo y oro. También lo he visto desde el bote, navegando un cauce que hasta los lancheros más expertos podrían confundir por lo desdibujado que está.
En el Bajo Atrato, donde también corren las aguas del Quito, que desembocaron frente a Quibdó, otros cuerpos también son lanceados: «Uno sí siente miedo, claro. Y las mujeres sentimos más miedo, claro, porque uno siempre se siente más vulnerable ante los grupos [armados]. Por la condición de mujer ellos utilizan otro tipo de amenazas o miedo con las niñas, que a veces llegan a enamorarlas; siempre las mujeres nos sentimos más en riesgo». (Mujer negra, Riosucio, 2022)
El territorio chocoano es un cuerpo y los cuerpos de las mujeres que habitamos aquí son territorios. Como cuerpo o territorio, mujeres y tierras han sido despojados, victimizados en nombre del extractivismo íntimamente ligado con el conflicto armado.
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