
Con un par de designaciones ministeriales y tres reuniones desapareció la tan cacareada admonición de que la gobernabilidad de Petro estaría modulada por la diversidad política y la disparidad ideológica que caracterizan a las fuerzas partidistas en el Congreso de la República. No le asigno demasiada contundencia a la explicación de que eso ocurrió porque de un día para otro los “políticos tradicionales” se convirtieron a la causa del “acuerdo nacional” y que por eso se han agolpado a las puertas del nuevo gobierno.
Tampoco parecería creíble una conversión en masa de los politiqueros a las ideas reformistas que contiene el programa del Pacto Histórico. No en vano durante la campaña, y desde antes, las tesis y propuestas del petrismo despertaron el más enconado rechazo; muchas de ellas criticadas y ridiculizadas por los mismos que hoy hacen fila. Tampoco creo suficientes las proverbiales habilidades de Roy Barreras como explicación de por qué los partidos tradicionales ingresaron al redil. Más bien la explicación está por los lados de que aspiran a seguir reproduciendo las prácticas tradicionales que los han mantenido en el poder.
La realidad es que por las razones que sean hoy Gustavo Petro cuenta con una mayoría legislativa compuesta por sus propias tropas y sus aliados naturales, a las que se les suman las fuerzas que a pesar de haberle sido históricamente antagónicas están hoy plegadas a los designios del presidente electo. Eso en sí mismo le otorga un gran margen de autonomía al próximo gobierno para impulsar su agenda legislativa. Y como si eso no fuera suficiente, Petro también cuenta con otros factores de poder que reducen la efectividad y el impacto de los potenciales contrapesos institucionales y los provenientes de la sociedad civil.
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