
La Constitución del 91 posibilitó una serie de mecanismos que le han permitido al sistema político ofrecerle mayores oportunidades a la oposición. Y quienes las han aprovechado consistentemente son hoy justamente los que llegan al poder. Infortunadamente, Gustavo Petro y el Pacto Histórico, hijos legítimos del ascenso de la oposición, ahora parecerían navegar en la dirección de convertirse en los verdugos del disentimiento.
En principio parecía que las elecciones legislativas de este año garantizarían el ejercicio de un contrapeso político al nuevo gobierno. No fue así. Los politiqueros renunciaron al control político y a la independencia crítica arropándose en la difusa bandera de un “acuerdo nacional”. El único partido que se ha declarado en oposición, el Centro Democrático, claramente no representa a los millones de ciudadanos que no comparten la plataforma o las actitudes del Pacto Histórico. Al uribismo ya le pasó su cuarto de hora.
¿Qué le queda a la ciudadanía para enfrentar los eventuales desaciertos, los abusos de poder, los errores, las políticas equivocadas? Por ahora, no mucho. Los gremios económicos, por ejemplo, juegan un papel político importante, sin embargo, por ser representantes de intereses particulares y sectoriales no pueden fungir como voceros plenos de la sociedad civil.
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