
Del grupo élite de economistas colombianos con más publicaciones y citaciones académicas, José Antonio Ocampo se ofrecía como la opción más interesante para equilibrar el pensamiento de Gustavo Petro y la reputación y credibilidad de los mercados con el futuro del país. No había otro nombre mejor para emparejar las piezas: crítico de la “apertura” de Gaviria, nostálgico del modelo cepalino y con un sesgo favorable a equilibrar crecimiento con desigualdad, pero descree de las ideas más exóticas y estatistas de la izquierda y con una trayectoria en puestos de prestigio que no tiene nadie.
Ese bagaje le da a Ocampo la espalda y la autoridad para bajar de la nube al Pacto Histórico de sus propuestas más inviables y populistas. De a poco, a cuentagotas, con insinuaciones y declaraciones, el nuevo ministro de Hacienda ha aterrizado el cohete de la campaña a la ejecución. Se agotaron los días de prometer el cielo y con las cuentas en la mano, sabe que los números fiscales y el futuro financiero del Estado hacen inviables la carta de buenas intenciones del Pacto Histórico.
Serio y caballero de buenas maneras, Ocampo es consciente de que a Petro le llegó la hora de la ejecución. De los resultados y la eficiencia. Tiene cuatro años para desmontar el relato de su mala praxis y su poca capacidad para gerenciar instituciones. Estas se administran bien, le guste a la izquierda o no, con buenas prácticas gerenciales, eficiencia y sostenibilidad financiera. Lo demás es acumular huecos, parasitar las instituciones de corporaciones y sindicatos depredadores e hipotecar las empresas del Estado con impuestos futuros.
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