
Los rieles por los que corría el tren se convirtieron en pedestal de un hombre afro, esbelto, semidesnudo, de músculos marcados que empuña en su mano derecha elevada el machete usado para cortar los racimos de bananos o de guineos; una composición metálica que se erige entre los árboles que rodean ese espacio que osadamente llaman plaza. Se trata del Prometeo de la Libertad, obra del maestro Rodrigo Arenas Betancourt instalada en 1978 en el municipio de Ciénaga, donada por el artista para conmemorar los cincuenta años de la masacre de las bananeras. La escultura está en el sitio donde se dio la orden de disparar a los pacíficos huelguistas empleados de la United Fruit Company. No se trata de una representación de estos trabajadores, de lo que sí podríamos decir que se trata es del reconocimiento de las luchas libertarias del pueblo afro en toda América Latina.
Al nombrar esta obra que, según dicen algunos, originalmente iba a ser instalada en una isla del Caribe, Arenas Betancourt reconoce lo que ya muchos han dicho: así como Prometeo, el primer filántropo, entregó a la humanidad por puro amor el fuego, la sabiduría, las artes y la escritura, los descendientes de los esclavizados le entregaron a América Latina la idea de libertad. No en vano, la primera nación independizada fue Haití.
Igual que el griego, cuyo altruismo fue castigado por treinta mil años, el pueblo afro sigue sufriendo castigo continuo por sus aspiraciones a una vida digna, por su rebeldía o simplemente por ser afro.
Artículo exclusivo para suscriptores
Suscríbete para acceder a todo nuestro contenido.
SuscribirmeLea los comentarios














