
Vine por unos días a Colombia con la intención de asistir a la entrega del Informe Final de la Comisión de la Verdad, en apoyo a quienes, a contracorriente y soportando todo tipo de sabotajes y ataques, incluso desde el oficialismo, respetaron con altura el mandato por el que fueron llamados a conformarla.
Desde ese día he sentido mucha emoción de reencontrarme con este país; ver a tantas personas que —desde el periodismo, la política, el activismo, la academia, el arte, las leyes— llevan años intentando moldear a Colombia para que sea un país habitable para todos en general. Esos mismos que, con gran frustración y anhelando el fin de la guerra, han tenido que convivir con la otra parte del país, que hace seis años decidió votar en el plebiscito “NO” a la paz; asunto existencial e incomprensible para muchos de nosotros aquí o para los amantes de la democracia en cualquier otro lugar. Desde entonces, me cuentan, permaneció la sensación de desamparo y desesperanza en un país que hace tiempo habría llegado a ser mucho más; ahora sienten que pueden salir de allí.
Este grupo de personas no solo ha tenido que soportar la avaricia del alma y estrechez mental de quienes manipularon a otros repitiendo, una y otra vez, que la paz tiene color porque es del “traidor” Santos y que significa regalarle el país a las Farc, sino que además ha tenido que padecer, los últimos cuatro años, un desastroso gobierno que hasta el último de sus días busca desacreditar las instituciones resultantes de los acuerdos de paz —la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP), la Comisión de la Verdad, y la Unidad de Búsqueda de Personas dadas por Desaparecidas (UBPD)— sostenidas por el apoyo y protección de la comunidad internacional; un gobierno que fomenta verbal y activamente la violencia estatal, muestra desprecio por las víctimas y tolera la corrupción y hasta el hurto de los fondos donados por terceros para la implementación de los acuerdos de paz.
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