
El capítulo que más me impresionó de la aclamada The Crown, sobre el larguísimo reinado de Isabel II, no fue el de la muerte de su padre, ni el de su fastuosa coronación, ni los que narraban las intrigas de todos los Windsor, ni los del terremoto que causó Lady Di ni nada de eso.
Es una de las mejores series que he visto en mi televisor y el que me dejó marcado fue el número tres de la tercera temporada, que muestra la impasible actitud de la reina —que algunos confunden con el llamado carácter flemático— demostrada ante la tragedia ocurrida en la pequeña localidad minera de Aberfan, en Gales, cuando una avalancha de lodo se vino encima del pueblo, en los años sesenta. Murieron 116 niños, casi todos de entre siete y diez años.
El capítulo, titulado Aberfan, televisivamente es perfecto. Sin amarillismos, sin excesos dramáticos y magistralmente musicalizado, apenas dejando ver la esencia humana en medio de la tragedia, sus debilidades y sus temores, también de los monarcas, en fin. No soy capaz de repetírmelo.
Artículo exclusivo para suscriptores
Suscríbete para acceder a todo nuestro contenido.
SuscribirmeLea los comentarios














