
Fernán daba vueltas en la habitación. La noche (qué misteriosa es la noche) estaba más oscura que de costumbre, no había sido un día normal (pero yo voy a hacerlo intenso), más bien enredado en medio de una semana agitada, se sentía cansado y entonces quiso distraerse un poco, se dejó caer en el sillón, tomó su teléfono y empezó a revisar el tuiter, despacio.
La fotografía (cuando tus fotos me siento a ver) le saltó en la cara. Él, que se precia de haberlo visto todo, abrió los ojos, la revisó, la detalló. Vio a los dos enemigos que ahora se autocalifican como contradictores, cosas del lenguaje. Vio un cristo, un diploma y un mosaico colgados en la pared. Vio lo que todos vimos desde la una y media de la tarde del miércoles pasado cuando la imagen de Gustavo Petro y Álvaro Uribe, frente a frente y separados apenas por una mesa, comenzó a circular y a apoderarse de las redes, a provocar caras de sorpresa, de indignación, de alivio, de rabia, de risa, de lágrimas, de todo.
A Fernán lo sorprendió.
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