
Una crisis familiar me hizo reflexionar nuevamente sobre mi relación con Israel. A Israel lo conocí desde pequeño, cuando mi padre me ponía a escuchar las canciones de Arik Einstein, un israelí alto y de voz dulce que, desde los años sesenta, cantaba canciones de paz y amor. Einstein fue la banda sonora de la vida de mi padre en Israel: la música que evoca un sionismo romántico que parece extinto, la vida en los kibutz, lo comunitario, el progresismo de Shomer Hatzair y el movimiento laborista. El Séder de Pésaj, que es la fiesta de la libertad y del retorno a la tierra prometida, representa el deseo del pueblo judío de regresar a la fuente, al origen, a los tiempos de una vida mejor. Ahora que vuelvo a pensar en Israel, vuelvo también a la fuente mía, que es mi infancia celebrando Pésaj y escuchando a Arik Einstein.
En mi adolescencia, quizá debido a la pulsión por diferenciarme radicalmente de mi padre y también por mantener una posición crítica frente al Estado de Israel, me sentía amenazado cuando los amigos me hablaban de lo horrible que les parecía Israel, al que llamaban “mi país”, como si no supieran o no aceptaran que soy colombiano. Comencé entonces a declararme “enemigo” de Israel, a identificarme como antisionista.
Con dificultad, y a medida que superaba la rebeldía adolescente, entendí que el sionismo es más que un país violento que construye asentamientos ilegales. Es la reinvención, quizá forzada pero necesaria, de la tradición judía. Es el regreso no solo a la fuente, sino el regreso a sí mismo, a su humanidad: la vida en la diáspora, aquello que determinó la existencia judía durante siglos, había perdido el sentido. Europa acabó con la mitad de sus judíos; y los sobrevivientes, cansados ya de vivir a medias, decidieron quitarse la joroba: ser ciudadanos completos, vivir por fuera de las limitaciones que trae ser una minoría señalada, supuestamente perversa, malévola, mezquina y avara.
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