
Conocí a Shakira Isabel en una calle bogotana, la tarde de un jueves de mil novecientos noventa y cinco. Yo le estiré la mano para saludarla y ella me estampó un beso en la mejilla. Yo pensé que iba a dominar la escena y a partir de ese momento, ella manejó todo. Yo quise mantener la distancia recomendada con el personaje y a los pocos minutos iba detrás, buscando estar lo más cerca posible de ella. Yo acababa de cumplir veintiséis y ella dieciocho. Yo hacía mis pinitos como cronista de farándula y ella estaba a punto de tragarse el mundo: era la antesala de Pies descalzos.
Al final, yo fracasé como contador de historias —excepto las que a veces republico— y ella vendió cinco millones de copias. Solo de ese disco.
Cuando la vi venir en la distancia, me pareció realmente bajita. Pero, apenas me habló y dejó salir su tumbao, sentí que fue creciendo y ahí quedé prácticamente flechado. Excepto por un amor platónico, la cantante era mi primer acercamiento real con una costeña de esas entradoras, desparpajadas, de risa sonora, muy diferente a las cachacas con las que crecí, más formales, más dulces, más suaves, apenas para mí.
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