
La política para el político profesional termina siendo la habilidad de usar muchas máscaras como si se tratase de la misma. Al final, la que cuenta y más nos afecta es la que usa cuando le toca gobernar y tomar decisiones. Si de Petro tenemos que hablar, es cierto que mantiene el tronco de su formación ideológica desde que militó en el M-19, pero de presidente nos ha sorprendido con su versión más pragmática. Entendió en la última campaña que su camino a la casa de Nariño suponía renuncias del país que siempre soñó y que los cambios no podía hacerlo solo con los “suyos”.
Es pronto pero pareciera que murió una parte del Petro versión alcalde o miembro del Polo, ese que así el semáforo estuviera en rojo, igual iba y se estrellaba solo con sus ideas más absurdas. Su gabinete ha sido toda una declaración de intenciones: solo eligió a dos ministros del Pacto Histórico. Prefirió darle más representación a los partidos tradicionales y tensar la cuerda con Francia Márquez y Alexander López. Le dio la presidencia del Senado a Roy y, en estricto sentido, el santismo tiene más poder hoy que la base que lo llevó en volandas a la presidencia.
Petro es consciente de que grupos económicos nacionales y extranjeros muy poderosos le temen y que necesitan señales de estabilidad y previsibilidad económica para apostarle a su gobierno. Por eso están ahí Prada, Ocampo y Barreras, viejos conocido del establecimiento, y no sindicalistas y políticos duros de izquierda cuyas propuestas son del corte del pliego de peticiones del Comité del Paro. Una cartilla que era algo parecido a un acta de defunción de las finanzas del Estado.
Artículo exclusivo para suscriptores
Suscríbete para acceder a todo nuestro contenido.
SuscribirmeLea los comentarios














