
La espina dorsal de los principales debates económicos y de filosofía política de los últimos 150 años ha bailado sobre la tensión, en algunas capas irrenconciliable, entre igualdad y libertad. El liberalismo surfeó por décadas ofreciendo las bondades de la igualdad ante la ley, el respeto a la libertad individual y la defensa del libre mercado. Ese colchón normativo le permitió al capitalismo y a la nueva sociedad comercial irrumpir con furia y ofrecer niveles de riqueza que ni los faraones pudieron soñar.
Se fue disolviendo la sociedad de estamentos y apareció la de las clases. Y, con ella, llegaron desigualdades relativas y absolutas de riqueza que hasta el día de hoy nos ha costado asimilar. Ya no, entre la nobleza -o políticos- y los demás, sino entre ciudadanos ordinarios. La sociedad comercial ha permitido que una persona acumule en pocos años, cinco veces más patrimonio que el que pudo tener un rey heredero de una dinastía centenaria.
De esta manera, acá estamos reflexionando a diario sobre qué grado de libertad es deseable para que las diferencias entre ingresos no fracturen a los miembros de la comunidad y no los lleven a socavar las leyes y costumbres que les han permitido organizarse. En ese ímpetu estuvo contenida parte de la utopía comunista. En perseguir un atajo al paraíso, pues el camino lento pero seguro que había construido la burguesía, resultaba para ellos insuficiente. Sabemos que el resultado fue construir una sucursal del infierno sobre la tierra.
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