
El nuevo gobierno abre una posibilidad para que, por fin, los historiadores sean importantes en la opinión pública. A diferencia de sus predecesores, sea para bien o para mal, Gustavo Petro utiliza el pasado como recurso retórico importantísimo; se remite, a veces con ligereza, a personajes y eventos de nuestra historia para justificar sus ideas, para justificar su discurso.
Durante su campaña a la presidencia, en los debates con otros candidatos o en sus discursos en la plaza pública, Petro se remitió al liberalismo de mitad del siglo XX. Igualó su proyecto político -que además llamó “histórico”- con la Revolución en Marcha de López Pumarejo. Se presentó como el continuador del reformismo liberal, aquel que concibió la modernización del país de la mano de una apertura democrática y ciudadana, y cuyas ideas podrían emparejarse con “el verdadero desarrollo del capitalismo” y el discurso de justicia social de Gustavo Petro.
Pero no hubo nadie en la opinión pública -me refiero a los medios de comunicación y no a las redes sociales- que controvirtiera algunas nociones del pasado que quizá eran inexactas, o que ofreciera un contexto para que la gente pudiera hacer relaciones entre ese pasado que se contaba en la plaza pública y el presente. Faltaron explicaciones sobre qué fue la Revolución en Marcha, cómo era el reformismo liberal y qué tanto en común tienen con un proyecto progresista del siglo XXI.
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