
Existe un problema heredado del gobierno anterior y del anterior y del anterior, y sucesivamente hacia atrás porque, a la par del conflicto armado, la impunidad ha sido precisamente la que ha impulsado, promovido y perpetuado la violencia.
No pocas veces me han preguntado cómo es vivir con la impunidad. Enfrentarse a la búsqueda de justicia en un país como Colombia es un reto enorme que en muchos casos solo resulta en más dolor y no creería equivocarme al decir que algunos de los que generosamente lean esta columna habrán posiblemente padecido también el efecto directo de la impunidad; aunque, finalmente, es un tema que deberíamos entender que nos afecta a todos como comunidad.
La falta de justicia ha caminado de la mano de la larga y profunda guerra; la impunidad ha dinamizado el conflicto en el país y profundizado el sufrimiento de millones. Dice el reciente informe de la Comisión de la Verdad titulado “La impunidad como factor de persistencia del conflicto armado interno colombiano”: la baja respuesta institucional contra las victimizaciones durante el conflicto armado ha sido parte de una lógica general de ausencia de respuestas sociales a las atrocidades del conflicto. Vivir directamente y a cuestas con la impunidad es seguir padeciendo la violencia del Estado.
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