
Un hombre como Gustavo Petro -fogueado en la clandestinidad, curtido en las duras batallas de la vida política en la oposición y con la experiencia de manejar una ciudad más grande que muchos países- no se debería caracterizar por la ingenuidad. Desafortunadamente, muchas de sus propuestas para manejar y acomodar las consecuencias de sus políticas de cambio no dejan de ser algo más que un cuento chino.
Una de las que más han llamado la atención es la de sustituir el ingreso por exportaciones y por inversión extranjera directa que la economía dejará de recibir como consecuencia del frenón, que ya está en marcha, del sector de hidrocarburos y la minería. Ese tema es un buen ejemplo de cómo opera la formulación de políticas públicas del actual gobierno: la ideología va adelante definiendo las metas y detrás van las decisiones, sin ninguna revisión de las circunstancias reales, de las consecuencias o de la viabilidad de las alternativas.
Según ha dicho el propio presidente Petro, en campaña y en el gobierno, que mediante la expansión del turismo y las exportaciones de aguacate se suplirá de manera sostenible, amplia y suficiente, la caída en los ingresos de la “actividad extractiva”. Es decir, si se usa 2021 como indicador -dado que las exportaciones de 2022 están afectadas por precios inusualmente altos y sería aún más desafiante el ejercicio de sustitución- el valor de las exportaciones a sustituir es del orden de USD 41.000 millones y las inversiones de capital extranjero asociadas al sector podrían añadir otros USD 5.000 millones. Es decir, el turismo y el aguacate deberían generar en el horizonte de unos pocos años la bicoca de 46.000 millones de dólares.
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