Qué país raro este. Esta Colombia desmadrada que nos tocó, que nos ha tocado, que nos tocará. A nosotros, a nuestros antepasados, a nuestros hijos.
Esta semana, una colombiana que gana treinta y cinco millones mensuales, sí, treinta y cinco millones de pesos mensuales, se quejó en la radio porque sentía que no le alcanzaba el sueldo. “Libres, libres quedan por ahí ocho millones de pesos”, contó en los micrófonos. Pobrecita. Tanto sacrificio por este país indolente, de gente egoísta que no comprende eso de tener carros a los que toca ponerles gasolina y escoltas a los que hay que alimentar (que además no es cierto, de eso se encarga la Unidad de Protección) y tener que mantenerlos. Malagradecidos que somos en esta patria. La senadora Berenice Bedoya debería renunciar y dedicarse a la Contaduría, que para eso estudió.
O podría devolver las camionetas y renunciar a los escoltas. De pronto hay líderes sociales que los necesitan más. Y de paso, se ahorra una platica.
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