
La semana pasada el crimen organizado doblegó al Estado mexicano. Ciudades enteras fueron sitiadas por los carteles del narcotráfico. Civiles asesinados, vehículos quemados, negocios destrozados y vías bloqueadas. Un verdadero infierno vivieron los habitantes de Jalisco, Guanajuato, Chihuahua, Michoacán, Tijuana y Ciudad Juárez. La respuesta de Andrés Manuel López Obrador sigue siendo la de minimizar el terror y justificar su estrategia de seguridad que ahora tiene un nuevo ingrediente: militarizar la Guardia Nacional, o la Policía, en palabras universales.
Si bien Colombia parece estar adelante que México en la lucha contra las drogas, el camino parece no tener fin. Avanzamos lento, y nos sentimos muchas veces atrapados en un laberinto sin salida. Vemos la luz para encontrarnos después con más oscuridad. Lo hemos tratado casi todo. Y aunque la meta aún no se ve, desde el futuro, los colombianos podemos decirles a los mexicanos: por ahí, no es. Militarizar la Policía no es la solución.
En Colombia, desde mediados del siglo pasado, la Policía ha estado adscrita al Ministerio de Defensa. Esta decisión se tomó después de que en la época de la Violencia las policías locales y departamentales abusaran de su carácter partidista convirtiéndose en aparatos de seguridad privada. Desde entonces, y después de cinco décadas de conflicto armado, el rol de la Policía y sus funciones se ha ido adaptando y trasformando, siempre un paso atrás de la evolución de la insurgencia y el crimen organizado. El resultado después de tantos años ha sido una Policía cada vez más militarizada, alejada de la ciudadanía y de la seguridad pública.
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