
Hace un tiempo, en Berlín, entendí bien cómo una dictadura, una guerra o conflicto armado, para sostenerse en el tiempo, necesitan de la complicidad, aquiescencia —impuesta o voluntaria— de muchos sectores que no portan insignias ni armas pero que los alimentan y dinamizan con su concurso. Aquellos a quienes hoy el informe de la Comisión de la Verdad ha llamado “terceros”, con relación al caso colombiano.
Y fue precisamente uno de estos actores, en Alemania, quien años después decidió hacer memoria para no olvidar su participación. Su admisión no ha impedido, sin embargo, que siga siendo una de las empresas más fuertes del país.
Sucedió así: estando yo en un barrio de bosques y casas elegantes, llegué con algunos amigos a un “Biergarden”, una especie de terraza al aire libre donde se toma cerveza y se come comida típica alemana. Cuando salimos de allí, alguien comentó que detrás estaba la estación de tren de Grünewald. No entendí, en principio, qué era lo particular de esa estación frente a las demás.
Artículo exclusivo para suscriptores
Suscríbete para acceder a todo nuestro contenido.
SuscribirmeLea los comentarios














