Porque nací con hipertensión pulmonar la altura de Bogotá no me convenía. Durante varias semanas mis padres solo pudieron conocerme a través de un vidrio que los separaba de la incubadora. La necesidad, pero también el deseo de ellos de darme una infancia diferente, nos llevó al campo: mis primeros 7 años de vida transcurrieron entre las montañas de la provincia del Gualivá, a 55 kilómetros al nororiente de Bogotá, y el impetuoso mar de Palomino, un pueblo del sur de La Guajira.
En San Francisco, municipio cafetero de la provincia de Gualivá, Cundinamarca, vivíamos gran parte del año. En Palomino pasábamos las vacaciones, por temporadas de uno o dos meses, en una pequeña y rudimentaria cabaña frente al mar. No había luz eléctrica y tocaba bombear manualmente el agua de un aljibe. En San Francisco me hice amigo de los niños de la vereda Muña y en Palomino de los niños de la invasión. Mis papás están orgullosos de mi crianza, según ellos, una por fuera de los cánones de las clases sociales y los miedos de la ciudad, sin rejas, sin conjuntos residenciales y sin la antipatía de la burguesía bogotana.
El mar de Palomino es violento y traicionero. Allí, los nietos de Pacho, el capataz que cuidaba el lote de mi familia, me enseñaron a nadar a punta de golpes y sustos: nadar se convirtió en una actividad de supervivencia donde el agua era mi enemiga. Pacho, Pachito, era un hombre mayor que llegó a La Guajira en los años sesenta huyendo de la violencia en Antioquia. Como muchos pueblos aledaños a la Sierra Nevada de Santa Marta, Palomino es uno de colonos, de gente desplazada por la violencia que buscaba mejores oportunidades de vida: primero en el boom marimbero y luego en el boom de la cocaína, que azotó la naturaleza y la vida de las comunidades indígenas de la Sierra.
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