El sol desciende poco a poco buscando esconderse detrás de la selva y el cielo, lleno de nubes blancas que entre unas y otras dejan ver un fondo azul, se viste de colores: naranja, amarillo y, más arriba, tonos rojizos y morados. Aún el día es claro y se distinguen las diferencias entre las aguas del Atrato y las del Quito, que acaba de desembocar justo al frente del mercado de Quibdó. El Atrato seduce, enamora y después duele.
Fueron justamente unos enamorados y adoloridos quienes hace cinco años lograron la Sentencia T-622 que reconoció lo que en las orillas se supo siempre: que ese río es un sujeto, un actor importante de la vida de los atrateños, los chocoanos y una parte de los antioqueños. El primer río con derechos en América. Antes habían sido reconocidos el Whanganui en Nueva Zelanda y el Yamuna, un afluente del río Ganges en la India.
La Sentencia que reconoce los derechos a este río que nace en el Cerro Plateado y desemboca en el Caribe apunta no solamente a la rehabilitación ambiental, sino a la recuperación de las formas de producción tradicionales que durante siglos permitieron la conservación de la funcionalidad del ecosistema ribereño y el sostenimiento de las comunidades.
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