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Daniel Schwartz
Puntos de vista

El desfile de las caras tristes

Es célebre la escena de Les Luthiers en la que Carlos Munstock y Daniel Rabinovich representan a dos políticos cínicos y atontados que comisionan la composición del nuevo himno nacional a un cantante de cumbias y bailantas. Mientras debaten el contenido del nuevo himno, uno que contenga un claro mensaje proselitista del partido Lista Azul, se les ocurre a estos políticos cantinflescos, para avivar los ánimos nacionalistas del pueblo, incluir en algún verso al que será el nuevo país enemigo: Noruega. El músico pregunta por qué Noruega, a lo que los políticos responden que eso no importa, que podría ser cualquiera: “Porque subieron el precio del bacalao, o quizá por algún problema fronterizo, total la gente ni sabe”, respondieron los políticos.

En Colombia mucha gente tampoco sabe por qué odia. Yo a veces tampoco. Odiar, o mejor, despreciar, es un oficio difícil: hay que dar en el blanco cuando uno dirige su rabia hacia algo o alguien, hay que aprender a ver los defectos del odiado para así lanzar ese insulto preciso que rasga las entrañas. La marcha del lunes, auspiciada por personajes como los políticos de Les Luthiers, se inventaron razones para agitar el miedo y llevar los corazones rotos del uribismo a las calles. Con mentiras sobre las reformas que quiere impulsar el nuevo y joven Gobierno, o invocando el peligro del “castro-chavismo”, las principales calles del país hospedaron multitud de gentes que no saben cómo dirigir su rabia.

El lunes, el centro de Bogotá se convirtió en un río de viseras, esas cachuchas a medio hacer que descubren la coronilla, un accesorio popular entre las señoras prejubiladas de la clase media-alta del norte capitalino. También hubo en la marcha muchas camisas blancas –otrora negras–, banderas y banderitas de Colombia. Canas y gafas de sol. Gritos onomatopéyicos. “Fuera Petro” y no mucho más. Ninguna canción, ninguna frase hilvanada. Carteles mal escritos y sin gracia. Incomodidad, tristeza. Una rabia limitada por el andén, juiciosa, sin emoción. Desfiló por el centro de Bogotá la rabia de quien ve en el presidente a un prefecto de disciplina blando y desordenado. La rabia de quien disfruta del azote. Muchas viseras y pocas vísceras.

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