
El 5 se septiembre fue el día más doloroso de mi vida: murió mi papá, Manuel Gregorio Vidal Rojas. Sin que pasen el dolor infinito como el mar, las preguntas, los miedos, la incertidumbre, el llanto, la ausencia, poco a poco toca volver a pensar en lo que sigue. Así que pensé en mi oficio de escritora, en que seguramente algunas cosas que narro tendrán otro tono u otra mirada. Pensé en esta columna y en la posibilidad de escribir aquí sobre la muerte de mi papá, un duelo tan privado; para compartir, diría uno, con la familia y los amigos más cercanos. Pero es que mi papá fue un hombre público, nunca fue solo el padre de mis hermanos y mío. Él fue el padre de sus hermanos desde que falleció mi abuelo, un septiembre también, pero de 1987; fue un líder de nuestro municipio y departamento que ejerció una carrera intachable en el sector público, fue el segundo alcalde de elección popular de nuestro pueblo, pero, muy por encima del cargo, mi papá entregó su vida al servicio a nuestra comunidad. Nuestra casa, la de mis abuelos y la que hizo después para él y sus hijos, siempre ha sido de puertas abiertas. Crecí viendo llegar gente a saludar o pedir una ayuda desde que empezaba a despertar el día con la gente caminando hacia la orilla en busca del pescado que habían traído de la faena nocturna.
Mi papá me amó siempre y me lo hizo saber de mil maneras. No tuvimos una relación perfecta, pero es justo gracias a esa relación imperfecta pero constante, porque siempre estuvo presente en mi vida, que le debo buena parte de mi carácter, el amor por mi tierra, por servir y por el mar.
Crecí participando en conversaciones importantes porque nuestra casa de nueve hijos, una madre, muchos nietos y mi papá, ha sido siempre un ágora donde discutimos sobre política, ética, desarrollo y, especialmente, sobre los destinos de nuestro pueblo: Bahía Solano, donde nació mi papá, nacieron todos mis tíos y nací yo. Por eso fue tan natural que nuestro último encuentro, apenas dos días antes del trágico evento que causó su muerte inesperada, mi papá, mi abuela y yo dedicáramos buena parte del almuerzo a hablar sobre un hecho preocupante para nuestra tierra y especialmente para nuestro mar.
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