
En Colombia, un museo de la memoria supone un reto distinto al de museos homónimos en otros lugares del mundo, pues a diferencia de Argentina, Alemania, Chile o Japón, el Museo de Memoria de Colombia se concibió, se construyó y, según va la cosa, se inaugurará en medio de la guerra. No hay entonces un museo –o un lugar, mejor– más oportuno que este: como la memoria no es una explicación del pasado, sino la forma en la que el pasado se expresa en el presente, el nuevo museo tiene la oportunidad (y el reto inmenso) de generar un intenso debate sobre la necesidad de acabar el conflicto, pensar cómo podemos conmovernos por el dolor ajeno y cómo podemos nombrar el propio. A pesar del traspiés institucional de la memoria en Colombia, el Museo va por buen camino, y aunque su inauguración estaba prevista para 2022, la estructura principal del edificio, entre la calle 26 y las Américas, ya es parte del paisaje bogotano.
La idea de un museo de la memoria puede sonar contradictoria si concebimos a los museos como repositorios de un pasado extinto y a la memoria como algo que existe en el presente. Hace un par de semanas, e inspirado en las palabras del historiador Pierre Nora, escribí sobre cómo las sociedades modernas dejaron de confiar en la memoria como método para conocer el pasado y sobre cómo fuimos abandonando una concepción cíclica del tiempo que reemplazamos por una que es lineal y progresiva. Pues bien, este reemplazo de la memoria por la historia se hace aún más evidente en lo que muchos científicos sociales llaman lugares de memoria, espacios que representan el cambio drástico de una “memoria totémica” por una “historia crítica”, intentos por salvaguardar una memoria que se ha vuelto difusa y poco confiable. Son los museos, las conmemoraciones, los himnos y los monumentos la evocación de una memoria que se nos escapa, pero que rehusamos perder. Por eso la memoria se ha vuelto completamente archivística, desconfiada de sí misma y sustentada en, como dice Nora, “lo más preciso de la huella, lo más material del vestigio, lo más concreto de la grabación y lo más visible de la imagen”.
La museografía de la memoria, consciente de esta contradicción, ha evolucionado al punto de que los lugares de memoria ya no son concebidos como una ilustración del pasado temerosa de caer en el olvido. Se tiene la premisa de que un museo de la memoria, sobre todo en un país cuyo conflicto persiste, no es únicamente un espacio para exponer y cuestionar el pasado, sino uno que arroje preguntas sobre la forma en la que vivimos el presente, las huellas del pasado que condicionan el presente de nuestra nación.
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