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Daniel Schwartz
Puntos de vista

El indulto

Hace una semana fui por primera vez, y por última, a una corrida de toros. Estábamos en Manizales durante la feria y dijimos que deberíamos tener el coraje de ir a una corrida y aguantar lo que dura el espectáculo. Nos consiguieron boletas y el deseo, formulado un poco en broma, se nos hizo realidad. Ya no podíamos decir que no. Mi amiga comenzó a llorar, pero no por una tristeza prematura, sino porque pensó que asistir a este ritual sería una experiencia difícil de entender. Por si fuera poco, mis dos amigos son veganos: ¿cómo seguir hablando de la compasión por los animales sin hacer nada ante la barbarie? Cuando comenzó la corrida, entendimos (o mejor, recordamos), ellos con mayor lucidez que yo, que una cosa no tiene que ver con la otra, que una corrida de toros es distinta a todo lo demás, a comer animales, a los mataderos de reses, a los galpones de gallinas.

No es que no tuviéramos claro que lo que sucede en una corrida es maltrato animal. Estábamos expectantes y llenos de emoción, llenos de curiosidad, estábamos sentados en las graderías de la plaza entre el bien y el mal, sufriendo y disfrutando un espectáculo que no podíamos justificar.

El inicio del espectáculo fue fácil: en las paredes de la plaza están pegados carteles contra la prohibición de las corridas, algunos asistentes levantan sus propios. El presidente de la plaza critica al Ministerio de Trabajo por no permitir que Marco Pérez, un torerito español de 15 años, participe de la corrida. Estas primeras imágenes me dieron una perspectiva política del asunto, un espacio en el que se tienen más certezas que preguntas. La plaza entera abucheó al gobierno y creí en ese momento que todo este ritual era aún más simplón de lo que imaginaba. Yo me sentí como un advenedizo que asiste al entierro de un desconocido, porque en el aire había el sentimiento de que esta podría ser la última temporada de toros en Manizales y en el país.

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