
Unas semanas atrás finalmente sucedió en Holanda lo que debió haber sucedido tiempo atrás. Algo que por un lado, podría despertar reacciones negativas de parte de quienes han considerado el orden hegemónico como el natural, mientras que para otros significará un paso necesario en su larga lucha por la libertad, la reparación y la justicia mundial.
Me refiero al hecho de que un mandatario europeo pida perdón por que “durante siglos, el Estado y sus representantes permitieron, fomentaron, mantuvieron y se beneficiaron de la esclavitud”, como lo describió, Mark Rutte, primer ministro holandés.
Pero este reconocimiento de responsabilidad y solicitud de perdón tiene un significado mucho más amplio al de un jefe de Estado aceptando que la esclavitud fue un crimen contra la humanidad que determinó lo que son hoy los países del norte y los del sur, que fue una injusticia inenarrable sobre unos y que posibilitó beneficios económicos y bienestar a otros. Ha sido posible gracias a las luchas históricas de los descendientes de esclavos y miles de personas del común que han tenido una postura crítica frente a la realidad y algo menos gracias a la iniciativa de legisladores, líderes y presidentes de turno interesados en transformar realidades para un mundo más justo y en paz.
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