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Daniel Schwartz
Puntos de vista

La chica de las trenzas

Hace unos días fue tendencia en Twitter una chica blanca que se hizo trenzas en la playa. Algunas mujeres negras consideraron que la chica estaba robando su cultura. También la criticaron y ridiculizaron en las redes algunos blancos y mestizos cuyo principal compromiso en la vida consiste en defender la cultura de los demás y opinar sobre todos los debates del mundo. Pensé en el nuevo paradigma que estamos construyendo, en la sociedad gregaria y atomizada que nos está tocando vivir, donde la gente solo puede hablar de lo que cree que le pertenece y lo identifica. Pero a uno solo le pertenece su vida y no un corte de pelo, una prenda o una forma de hablar.

Recordé La vuelta a la historia en cincuenta frases, un libro que me regalaron mis padres cuando comenzó a interesarme la historia. Es un libro ameno e instructivo sobre las grandes frases que moldearon o ejemplifican el espíritu de una época. Una de las primeras frases del libro es también uno de los primeros aforismos de la filosofía: “Conócete a ti mismo”. Según el diálogo Protágoras de Platón, fue la sentencia que los Siete Sabios dieron al dios Apolo, una primicia sobre el autoconocimiento y la reflexión. “Conócete a ti mismo” es el deber fundamental que tiene el individuo de comprender, estudiar y aceptar su propia alma, o su ser, o como sea. Hoy es tendencia eso de conocerse a sí mismo, pero pienso que muchos -me incluyo- se quedan en la superficie. Creemos que para conocernos tenemos que definirnos, y nos definimos según lo que sentimos: eso es autopercepción, la forma más simple y superficial del conocimiento. Una cosa es percibir y otra conocer. Pienso que entre más se conoce uno mismo, más difícil es encontrar dos pronombres o tres adjetivos que puedan definirnos.

Hay otra frase en el libro que, de cierta manera, complementa a la primera, a pesar de que miles de años separan la una de la otra: “El infierno son los otros”. Aparece en A puerta cerrada, una obra de teatro de 1944 escrita por el filósofo existencialista Jean-Paul Sartre. Tres muertos están confinados en una sala del purgatorio, todos esperan ser torturados, pero no aparece verdugo alguno. Lo único que tienen es la compañía del otro, su mirada. Los personajes, finalmente, descubren que cada uno es el verdugo de los otros dos, que el verdadero infierno son los otros. Para Sartre, la mirada ajena es un tormento que revela la enorme distancia entre lo que uno cree que es, o quiere ser, y lo que realmente es. Es la mirada del otro, punzante, penetrante, lo que nos descubre, y que nos descubran es un sacrilegio, la mayor de las ofensas. Según Marco Aurelio Denegri, un famoso intelectual peruano, la mirada del otro es “la mirada del entrometimiento, intrusa e insmiscuidiza, no solo infernal, sino infiernizante”. En otras palabras, el otro es aquel que, con su mirada, destruye nuestra fantasía sobre nosotros mismos.

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