
El pasado fin de semana vi una película a la que le tenía muchas ganas desde hace varios meses, pero como “lo urgente le quita tiempo a lo importante” venía aplazando indefinidamente. Hablo de la película argentina El suplente dirigida por Diego Lerman y protagonizada por Juan Minujín y Bárbara Lennie disponible en la plataforma Netflix.
Se trata de una narración que nos sumerge en el mundo de la educación desde una perspectiva actual. La trama sigue a un maestro suplente de literatura que llega a una escuela pública en la que los estudiantes están acostumbrados a la falta de estructura y disciplina. Entonces se plantean cuestiones críticas sobre la desigualdad en la educación, la importancia de la empatía en la enseñanza y la resistencia de los estudiantes a las normas impuestas y nos invita a reflexionar sobre la necesidad de adaptar los métodos educativos a las realidades de los estudiantes, así como a considerar la verdadera incorporación de los grandes temas de cultura, actualidad y las artes en los planes de estudio y currículos. Por ejemplo, la película, plantea cuestionamientos sobre el rol del educador en un sistema que cada vez tiende a ser más burocrático y desconectado de las necesidades reales de los estudiantes sobre todo cuando los educadores se encuentran atrapados entre las demandas administrativas y las necesidades emocionales y académicas de sus alumnos. Conozco a extraordinarios maestros confundidos en los formatos infinitos, innecesarios y además mentirosos (porque la mayoría de las veces se redactan para cumplir con el requisito y no con el desarrollo real de una clase) y extraviados en esos trámites y papeleos y no en el verdadero propósito de preparar una clase que esté diseñada a la medida exacta de las emociones, necesidades a intereses de los estudiantes.
La crudeza del contexto sociopolítico de la periferia de Buenos Aires y sus violencias, los microtráficos droga y el desinterés total de un grupo de jóvenes cuyas prioridades son las de resolver en día a día en la calle y llegar a sus casas de invasión habitadas por hogares fracturados podrían ser también el escenario de cualquier favela de Brasil, de cualquier comuna de Medellín o de los barrios de invasión en Bogotá. Veo a mi amigo poeta y educador Santiago Espinosa liderando en el colegio que dirige en Ciudad Bolívar actividades de convivencia y reflexión sobre la paz, el cuidado ambiental y los valores cívicos en una de las localidades más difíciles de la capital.
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