
No habían pasado 24 horas desde el anuncio de su renuncia y Daniel Quintero ya estaba subido en una tarima haciendo política. El candidato que llegó a la Alcaldía de Medellín prometiendo ser una alternativa independiente, traicionó a su electorado y antepuso sus intereses personales a los de la ciudad.
Los argumentos para justificar el abandono de su cargo los hemos escuchado antes: No permitir que la clase política tradicional vuelva al poder y se robe el patrimonio de los ciudadanos. Con eso hizo campaña y con eso les salía al paso a las críticas y a los escándalos de presunta corrupción, que siempre fueron calificados como una persecución en su contra. Quintero es experto en hacerse la víctima.
Lo cierto es que se va de la Alcaldía con una desaprobación de su gestión del 65 por ciento, de acuerdo con la última encuesta de Ivamer, y con varias investigaciones a cuestas. Según el concejal Daniel Duque, Quintero tiene más de 100 denuncias en la Fiscalía. La Procuraduría le ha abierto 26 procesos disciplinarios, uno de ellos –por participación en política a favor del presidente Petro– tuvo como consecuencia que fuera suspendido de sus funciones. El más reciente fue por insultar al concejal del Centro Democrático Sebastián López durante una discusión por la capitalización de Tigo-Une. De hecho, varias fuentes confirman que su renuncia estaría relacionada con hacerles el quite a esos procesos y evitar sanciones e inhabilidades.
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