
Desde mi niñez he disfrutado ir a cine a las grandes salas. Aquella maravillosa sensación de estar frente a una experiencia de sonido e imagen se complementa con la idea de saber que se trata de un ejercicio colectivo donde por un par de horas compartiremos con otros unas emociones comunes. Compartir la risa en una misma escena o el susto en alguna secuencia con otros espectadores, es de alguna manera, una forma de la empatía y de la comunión humana. Algo por el estilo ocurre con los conciertos de música, las obras de teatro y por supuesto los deportes.
Recuerdo con nostalgia aquellos inmensos teatros de barrio en los que se anunciaba en grandes vallas los estrenos de temporada. También evoco las páginas de los periódicos con la publicidad de los cines, clasificación, precio y funciones de matiné (3:00 p.m.), vespertina (6:00 p.m.) y nocturna (9:00 p.m.). Los domingos proyectaban matinales para público infantil con puntuales intermedios para visitar la confitería. En fin, el cine en las grandes pantallas como la gran ventana al asombro es algo que nunca pudieron igualar ni las películas en betamax, VHS y DVD que ya han ido desapareciendo ante la llegada imponente de las plataformas de streaming y los canales por suscripción. Estos canales son la perdición de los ociosos y perezosos como yo que pensamos dos veces antes de salir a las desangeladas salas de los multiplex de los centros comerciales. Sin embargo, y consciente de que la comodidad de quedarse en casa frente a Netflix, Prime, HBO o Disney jamás reemplazará la sensación de la sala, cada vez que regreso a estas salgo más aburrido por una pequeña fobia que he venido desarrollando y que se acrecienta con el paso de los años: no soporto a los que chatean (así tengan la luz tenue) durante las películas. Muchas personas me han dicho que no sea tan neurótico y que chatear no interfiere con el sonido de la película a diferencia de hablar, masticar papas fritas o arrugar los paquetes de comida, sonidos que vienen de tiempos pasados y sobreviven al presente, pero, debe ser por los años y las arrugas que llegan, no soporto esos encendidos de pantalla en una sala de cine, ni de conciertos o teatro.
La alegría que embargaba cuando se apagaba la luz y empezaban los avances y cortos iniciales ahora se ha vuelto el inicio de una pesadilla que puede durar las siguientes horas. La oscuridad del cine proporciona el escenario perfecto para que los dispositivos móviles brillen como pequeños faros en el horizonte. La intensidad luminosa de estas pantallas es perturbadora, y se incrementa aún más cuando las personas comienzan a chatear. Cada destello de luz es como una aguja en mi mente, perturbando la experiencia que todos los demás disfrutan. El sonido de las notificaciones y el murmullo de las conversaciones digitales en medio de la película me resulta insoportable.
Artículo exclusivo para suscriptores
Suscríbete para acceder a todo nuestro contenido.
SuscribirmeLea los comentarios













