
Los conflictos ponen en evidencia el racismo. Los afros lo sabemos bien y siempre ha sido un tema de conversación entre nosotros, casi todos tenemos historias en las que, ante la menor falla o una pequeña diferencia, pasamos de ser la negrita, a ser la negra hijueputa. Los futbolistas negros lo viven en cada partido. Yo lo aprendí a los doce años, en mi colegio de Cali, cuando mis compañeros de clase me gritaron en coro la ofensiva frase.
El racismo ha sido el detonante de muchas guerras, su raíz, su motivación. Los genocidios, que vergonzosamente la humanidad cuenta ya por decenas, son la evidencia ontológica del racismo. Unos creen que son superiores a otros simplemente por lo que son como raza (construcción social, no biológica) y, en consecuencia, como religión, como cultura. Creen además que los otros, los inferiores, contra quienes esgrimen razones de comportamiento e ideológicas; es decir, culturales, deben ser eliminados, sometidos, exterminados.
Hace mucho está estudiado y demostrado que aquello de la cultura no es más que un eufemismo del racismo: “No es que sean del norte de África, es que les cuesta adaptarse”, “No es que sean venezolanos, es que son ladrones”, “No es que sean musulmanes, es que tratan mal a las mujeres”, “No es que sean negros, es que hacen mucha bulla”. Todas son expresiones racistas que intentan justificar la exclusión con un comportamiento convertido en estereotipo, para mantener la idea de que las prácticas de unos son más deseables y adecuadas que las de los otros, es decir, mantener la escala de superioridad e inferioridad.
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