
¡Viva la raza!, arengó Mario ‘Azteca’ Barrios ante veinte mil personas que el pasado 30 de septiembre colmaban el T-Mobile Arena de Las Vegas. El público exultante, aplaudió y agitó las banderas mexicanas. El Azteca estaba eufórico, acababa de derrotar por decisión unánime al experimentado boxeador cubano Yordenis Ugas, obteniendo el fajín del peso welter del Consejo Mundial de Boxeo. Sangre indígena corre por la venas del boxeador de origen mexicano, explicó el comentarista de la velada boxística en la que el Canelo Álvarez se impuso al norteamericano Jermell Charlo, sumando con esta victoria cuatro títulos a su palmarés.
Tres días antes de la velada boxística, arribaron a la capital de Colombia miles de indígenas en apoyo a las reformas sociales impulsadas por el presidente Gustavo Petro. A algunos periodistas les pareció inapropiado que los indios recalaran en Bogotá, como si la ciudad fuese una especie de fortaleza medieval o un emplazamiento postapocalíptico en el que son rechazados los que cargan la peste. Al día de hoy ninguna de las tribus que habitan el territorio colombiano ha siquiera insinuado separarse del país. Son parte de la nación colombiana. Tienen derecho, como los periodistas que los atacan, a estar en la capital. Siglos antes de que aparecieran los periodistas, el altiplano sobre el que se levanta Bogotá estaba ocupado por unos indios que sembraban maíz y fabricaban figuritas de oro. Los indios fueron primero que los cronistas de Indias.
Sería bueno que quienes reprueban a los indios —siguiendo las recomendaciones una senadora opositora— se pongan a estudiar, para que al hablar delante de un micrófono no digan sandeces. El problema no está en los intereses que los periodistas representan, sino en la manera burda de hacerlo. Parece no existir entre ellos la más mínima preocupación por entender a las sociedades indígenas. La visión que tienen sobre el mundo originario resulta pueril. No guardan empatía por el sufrimiento y el exterminio al que fueron sometidos. Les parece más exótico y creíble lo que les cuenta un monje del Tíbet sobre la reencarnación que la sabia palabra de un mamo arahuaco acerca de la comunión entre el individuo y la naturaleza. Hace alrededor de dos mil años los pueblos de la Sierra Nevada sabían que la existencia humana dependía de la armonía que experimentarán los individuos con la naturaleza. Sólo hasta 2009 les dieron la razón en Copenhague: ¡Cambio climático!
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